Estragos de una
realidad forzada

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Foto: Eric Ponce

Iris Banda

    La pandemia cambió el mundo. Todos aquellos referentes con los que actuábamos, pensábamos y, sobre todo, con los cuales vivíamos, no solamente fueron cuestionados, sino que, en la práctica, fueron modificados en un periodo muy corto. Quedarnos en casa, aislarnos socialmente, dejar de mostrar afecto físico, dejar de ir a la escuela y al trabajo, cubrirnos para no infectarnos; en fin, una serie de medidas que trastocaron todas las acciones, costumbres, ritos y tareas que, conscientes o no, estábamos acostumbrados a realizar en nuestro día a día.

   Todo el mundo coincide con que estamos frente a uno de los momentos históricos más difíciles de la humanidad en el que la incertidumbre, el miedo y el desconocimiento son experiencias genéricas que marcan a cada ser humano según su situación particular.

   Escuchamos día a día el número de infectados, personas que fallecen y enfermos recuperados en nuestro país y el mundo. Tenemos información cada minuto y nos llega a través de todos los medios. Pero nadie, absolutamente nadie, sabe qué sucederá después de que esta crisis sanitaria termine. De pronto, sin previo aviso, la epidemia nos deja sin espacio en un aula de clases, nos quita nuestras herramientas de enseñanza, nos replantea los tiempos, los horarios y las practicas a las cuales estábamos acostumbrados para dar nuestros talleres o nuestras formas dar una clase interesante o novedosa a los jóvenes. Pero, sobre todo, nos aleja de nuestra contraparte más preciada, la que da sentido a la labor que realizamos: la cercanía con los jóvenes.

    El mundo se ha fracturado y debilitado con el paso de los meses, en los que día con día las familias, los chavos, los compañeros, intentamos adaptarnos a esta nueva normalidad que cada vez se vuelve más confusa. Semáforo naranja, rojo, retroceso constante no solo en el avance educativo o social, si no en el socioemocional, los estragos cada vez son más notorios.

   Constantemente llamadas, mensajes, videollamadas de chavos y familias en crisis por la situación de encierro y aislamiento social.

    El deterioro emocional marcará un precedente en cada una de las familias que enfrentan situaciones diversas de cambios en su rutina diaria. “¿Cómo ayudo a mi madre a que no se estrese por la falta de dinero en mi casa?”, pregunta uno de los alumnos. “Creo que dejare la escuela para empezar a trabajar y poder ser un apoyo en mi hogar”. ¿Y tú?, ¿cómo te sientes tú? “No lo sé”, contesta.

    Caretas en lugar de realidades. El eterno estoy bien, o todo va a salir bien, cuando por dentro la desilusión y angustia invaden en su totalidad la mente y corazón de nuestros jóvenes, esta ola de ansiedad en la que se encuentran por no saber como reaccionar ante las situaciones de estrés que manejan día a día, ¿Habrá comida en la mesa?, ¿podré conectarme a mis clases?

    Entregar los trabajos a tiempo es más importante hoy en día que el proceso de enseñanza y ritmo de cada joven. Eso, sin contar las brechas afectivas con las que estamos lidiando o la incertidumbre que genera, además, en algunas personas sentimientos de impotencia, resignación, desconcierto de falta de control sobre la situación. Está vinculada a las consecuencias sociales y económicas que supone la medida del aislamiento para la vida cotidiana, social, laboral y educativa.

    En estos momentos estamos capacitando a las futuras generaciones en un ambiente en el que ni siquiera nosotros estamos capacitados ¿Dónde está la humanidad en un aprendizaje digital?, ¿dónde está la calidez en un pdf?

    ¿A dónde apunta la sociedad en un futuro en donde la interacción persona a persona será por medio de un monitor y un teclado?

    ¿Qué hacer para contener estos sentimientos de impotencia y estrés con los que nos topamos en nuestros alumnos, conectarnos mediante una computadora o celular y mostrar nuestros sentimientos y deficiencias con las que vivimos hoy en día? Querer traspasar esa barrera tecnológica que nos divide para mostrar un poco de compasión mediante un abrazo o palabra de aliento es ahora un imposible.

    Pese a todo lo que estamos enfrentando, el no soltarnos de la mano es lo único que da una luz de esperanza a esta situación, estar siempre para los que nos necesiten, empatía hacia las poblaciones vulnerables de nuestro entorno, y creer que siempre habrá una luz al final del camino.

    La labor central es facilitar caminos pedagógicos y lazos afectivos para que nuestros jóvenes construyan significado y sentido de sus vidas, para definir proyectos de vida de manera autónoma y con conciencia crítica acerca de lo que está sucediendo en el mundo actual.

    En ese sentido, el aprendizaje de las habilidades socioemocionales interpersonales, tales como la relación con uno mismo, el autoconocimiento, la capacidad de resiliencia y la autorregularizacion deben cobrar relevancia y centralidad en los procesos de educación actual.

    Vivimos en un mundo donde lo extraordinario se vuelve común y lo común ahora es prohibido.