Emisarios

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Fernando Sandoval

“Así que ahora será mejor que pares
Y reconstruyas todas tus ruinas
Porque la paz y la confianza pueden ganar el día
A pesar de toda tu perdida”

—Led Zeppelin


    Ta re difícil, profe, todos traemos un morral a cuestas; más carga‘o o más vacío, pero todos lo traemos… mucha desgracia y dolor… Mientras me contaba, yo la miraba por el retrovisor de la Urvan. Era una mujer que rondaba los cuarenta pero aparentaba más edad por lo curtido de sus expresiones flageladas por la vida y el tiempo. Su piel ensombrecida contraía los pliegues que el trabajo duro le causaron.  
    —Yo antes vivía aquí, pero es la vida cansada, aparte que está muy peligroso. Mire lo que pasó. Yo en mi ranchito le batallo, pero vivo tranquila—. Seguíamos estacionados frente a una mole gigante de concreto. Yo recuerdo sentir frío a pesar de los 40 grados centígrados y que en momentos regresaba la mente al cuerpo para darse cuenta que la charla que intencionabamos era para evadir un poco la atención del asunto que ahí nos había reunido. —Bueno… y usted ¿por qué se dedica a esto?— me preguntó. El escalofrío seguía humedeciendo mis huesos.

 

    —En el juego, el niño empieza considerando las reglas no sólo como obligatorias, sino también como intangibles y que deben ser conservadas al pie de la letra. Además, se entrevé que esta actitud resulta de la presión ejercida por los adultos, lo cual hace que las reglas del juego se parezcan a los deberes propiamente dichos—. Continuaba explicando con fascinación la teoría moral de Piaget. Hacía ademanes para brindarle más comprensión a su discurso —Para comprender cómo interviene la violencia en el juicio moral, hay que empezar, evidentemente, por el análisis de estos hechos…— ajustó sus lentes. Le escuchaban con atención cada palabra. La ceremonia se suscitaba en Recife, Brasil. Ya al finalizar, levantó la mano un campesino para participar. Casi siempre estaba de pie en las reuniones. Con la cabeza erguida, los ojos vivos y con voz fuerte dijo: —Doctor Paulo, ¿usted sabe dónde vivimos nosotros? ¿Usted ya ha estado en la casa de alguno de nosotros?— inició contando cómo duermen uno junto a otro. La precariedad de sus viviendas. De las carencias de servicios básicos. Del cansancio. De la imposibilidad que les trasmite la realidad de tener esperanza. Continuó: —Doctor Paulo, yo nunca fui a su casa, pero le voy a decir cómo es—. Mientras les contaba, Paulo Freire se sentía hundir en su silla cada vez más. No había nada qué agregar ni qué quitar. La descripción que hizo el hombre de campo fue atinada: un mundo diferente, espacioso, confortable. —Fíjese la diferencia, doctor Paulo. Usted llega a su casa, incluso cansado, pero una cosa es llegar y encontrar a los niños limpiecitos, comidos, sin hambre, y otra, es encontrar a los niños sucios, con hambre, gritando, en el desastre. Y al otro día despertar a las cuatro de la mañana para empezar de nuevo, en el dolor, en la tristeza. Si uno se sale de los límites, no es porque uno no ame a su familia. Es porque lo duro de la vida no deja mucho para elegir—concluyó.

 

    —¿A poco si extrañaban volver a la escuela?—pregunté con ironía. —¡Claro! es como si a una parte de mi vida le hubieran puesto ‘delete’—por lo menos sirvió la clase de informática para aprender una función del teclado, pensé. Estábamos sobrellevando la pandemia. El ‘rojo’ policromático del semáforo en turno, las noticias locales ambiguas, sumado a la ansiedad del exilio semi voluntario en nuestras casas, nos tenían absortos y reventados. Nos habíamos reunidos unos pocos en ese lugar extraño y entrañable llamado salón. —Huele a Napalm—mencionó un alumno-      —Más bien al closet de mi abuelita—manifestó otro compañero que venía entrando al aula presuroso—. Bueno… —tomé la palabra en un tono catártico—. He de confesar que estaba harto… Me voy a explicar: conviví impetuosamente con mi familia. Revaloré mi ejercicio de paternidad. Incursioné en la construcción y mantenimiento de mi hogar (en mucho sentido no me quedaba opción, hay cosas que se caen per se). También creo que los canales comunicativos con mi pareja se volvieron más sólidos (Las cosas más triviales se vuelven fundamentales, diría Benedetti) En fin. Fuimos siendo sin saber que seríamos lo que somos. Pero ¡caray! los necesitaba, chavos. Respirar este olor, de risa y quejumbro. De victoria.— Guardé silencio un momento, paseé los ojos por todos mis educandos. —Y, sobretodo, podernos ver de nuevo—remató una alumna. 

 

    Paulo Freire describiría aquella anécdota como “la lección más clara y contundente que he recibido en mi vida de educador”. 

 

    ¿Cuántos instantes y circunstancias debió pasar cada ser que nos rodeaba para que le fuera o no permitido volver a estar en un sitio determinado cualquiera y en un momento específico con las personas que los piensan, que los sienten, que los quieren? ¿cuántos tiempos? ¿cuánto anhelo de más tiempo?   

 

    Centro de Justicia para las Mujeres, se leía en la parte superior del edificio. Divagué y recordé mucho. Sentí hongos y lirios venenosos en el hipocampo. En mis memorias.  –—Disculpe, ¿qué fue lo que me dijo?. —Ah, le decía que ¿por qué se dedica a esto?—insistió amablemente. 
La sobrina de la mujer con quien conversaba era mi alumna. Debíamos estar ahí para reconocer su cuerpo… misma que en vida tanto me enseñó. 
    Jamás pude conocer su casa.